jueves

Párrafos eróticos de la novela "Ama de casa sale de compras de 9 a 12 a.m."

"Y el sábado a las ocho, puntual como un tren de alta velocidad, llegó a la puerta del bar “Riquete” a lomos de aquel cochazo, vestido de sport y envuelto en aromas que por aquel entonces yo consideraba prohibitivos para el común de los mortales. Yo esperaba en la puerta, de pie, luciendo mis mejores galas: vestido gris ceñido al talle, taconazos de doce centímetros, bolsito plateado y melena suelta. Aguardaba su llegada aferrada a mi bolso como si me fuera la vida en ello. Y él llego puntual, ni antes ni después. Reconocí el coche, lo vi doblar la esquina, acercarse lentamente, parar a mi lado… Él se apeó, me miró de arriba abajo calibrando la mercancía una vez más, me tomó de la cintura, me condujo hasta el coche, abrió la puerta, esperó hasta que me hube acomodado y luego la cerró. Aquel coche, amplio, lujoso, con asientos de cuero, su compañía, el trato recibido y el restaurante donde tuvo lugar la cena, consiguieron que me sintiera princesa de un cuento muy particular: el mío.
La cena, a base de arroz con bogavante, que él pidió y me sugirió pidiera yo también, transcurrió en un ambiente íntimo, de música relajante, luces que coqueteaban con los contornos invitando a dejarse llevar en aquel entorno de seducción, vinos de aroma afrutado que elevaban el espíritu muy por encima del plano terrenal; conversaciones a media voz, intranscendentes en apariencia, pero que velaban intenciones decisivas. Miradas que iban y venían, cargadas con toneladas de deseo que llevaban de aquí para depositarlo allí. Susurros, sonrisas, manos que se encontraban por encima del mantel, piernas que se rozaban por debajo …
De la habitación de hotel que nos recibió después tan sólo recuerdo una lámpara de noche en colores anaranjados, un baño de mármol en tonos arena y una primera vez que recibí con nervios, indecisión, ojos cerrados y un temblor que me erizaba la piel en medio de aquella ola de pasión sobre la que él se movía como el mejor de los surfistas. Con la ayuda de aquella luz naranja, él fijaba la mirada en el objetivo al que seguidamente dirigiría sus labios. A lo largo de horas que se prolongaron hasta el mediodía del domingo procuró que ni un solo centímetro de mi blanca piel se sintiera menospreciado. Y yo me preguntaba cómo había vivido en el mundo hasta entonces sin conocer aquello, cómo no me había muerto de soledad y aborrecimiento, cómo había conseguido sobrellevar mis solitarias noches durante más de veinte años…
A partir de ese día, las citas se convirtieron en diarias. Paseos por lugares apartados de la civilización, tiernos besos, constantes arrumacos y largas noches de pasión pasaron a formar parte de nuestro día a día. A cualquier hora, con cualquier pretexto, él aparecía por la tintorería, e ignorando la socarrona mirada de doña Adelaida, me agarraba de la cintura para asestarme besos que se prolongaban hasta rayar la indecencia, o inflamarme con ágiles manos que conseguían colarse por debajo de mi bata blanca hasta alcanzar mi ombligo o mis pezones.

Los mensajes seguían llegando, al despertar, al acostarme, durante el día, ardientes como lava de volcán. Él a sus treinta y seis, y yo a mis veintiuno, nos habíamos enamorado como dos colegiales. Yo estaba libre, él atado a un matrimonio que se iba a pique pero dispuesto a saltar por la borda para agarrarse a ese madero de salvación que era yo. Vivíamos aprisa, a golpe de reloj para ganar minutos al tiempo que nos permitieran prologan nuestros encuentros, cada vez más íntimos, cada vez más reservados, alejados ya de locales públicos, reducidos a las paredes que enmarcaban la vivienda que él tenía en alquiler a pocos metros de la tintorería Blanco. De nuestro amor eran testigos doña Adelaida y Dios, nadie más."


"La llamada que yo esperaba entró a las nueve y diez de la mañana: un hombre con voz melosa preguntaba por Dely, deseaba un servicio completo, exigía discreción, manifestaba premura y solicitaba precio. “Cien euros” respondí, simulando decisión, temblando de miedo. Él no regateó precio. Quedamos a las diez en punto en el motel Copacabana. Rechacé su propuesta de venir a recogerme en su propio coche y declaré mi intención de llegar al lugar de la cita por mis propios medios. “No corras riesgos, no te subas a ningún auto” me había reiterado Sandra una y otra vez.
El motel sólo distaba seis kilómetros de la ciudad, distancia que yo salvé con el estómago encogido, preguntándome qué esperaría aquel hombre de mí, cómo sería él y, sobre todo, cómo me trataría. Me apeé del autobús en una parada desierta. Unos metros a la izquierda había hombre de unos cincuenta años, calvo, gordo y vulgar, que esperaba con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Se acercó, me chequeó sin disimulo y al instante emitió una amplia sonrisa. Dijo llamarse Manuel y estar esperándome. Me tomó de la mano y rebasamos caminando la barrera del motel hacia la habitación número tres. De camino tanteó mis nalgas con la mano y sonrió de nuevo.
En la habitación nos recibió una cama, testigo mudo de tantas y tantas pasiones prohibidas, un ambientador impregnando el aire de notas ambarinas, luz tenue para difuminar los contornos de la pasión y música suave, de fondo, para sustituir las palabras de amor que nunca fluirán entre aquellos que no se conocen y acuden a esos lugares para dar rienda suelta a los placeres que la vida civilizada acota.
Sólo éramos dos desconocidos sin demasiadas ganas de conocerse y Manuel no se anduvo con miramientos: me arrancó las ropas porque suponían un estorbo para sus propósitos, amasó mis carnes desnudas con sus torpes manazas, no contento con eso me dio un repaso a lengüetazos, entró en acción y terminó su labor en pocos minutos envuelto en sudor y mudo de fatiga, saltó de la cama, se metió en el cuarto de baño. Sentí correr el agua en la ducha. Salió en dos minutos. Se vistió. Me ordenó que me vistiera mientras arrojaba cien euros al lado de mi bolso. Me preguntó si estaría disponible para nuevos encuentros. Asentí. Me arreglé un poco frente al espejo que había tras el cabecero de la cama y me dirigí de nuevo a la parada del autobús."

Párrafos eróticos de la novela "Ama de casa sale de compras de 9 a 12 a.m.", autora Elisa Cotarelo
http://www.amazon.es/AMA-CASA-SALE-COMPRAS-A-M-ebook/dp/B00YH8774S

martes

MI ULTIMA NOVELA

                                                 
¡Ya ha salido a la venta!
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¡O leerla por capítulos aquí: https://www.wattpad.com/story/25572551-ama-de-casa-sale-de-compras-de-9-a-12-a-m




Y la sinopsis:

"En Valladolid capital un matrimonio joven hereda un piso antiguo, propiedad de la madre de él, deciden hacer algunas reformas y, al derribar un armario empotrado, los albañiles encuentran el cadáver de un hombre de mediana edad en estado de momificación.
    El inspector Alfredo Vega debuta en la investigación criminal con un caso donde las pruebas se han diluido con el transcurso del tiempo, el cadáver aparece sin documentación ni signos de violencia y, como única pista, porta el recorte de un anuncio de periódico en uno de los bolsillos de su pantalón vaquero: "ama de casa sale de compras de 9 a 12 a.m", reza el texto.
    El caso se complica para el inspector Vega debido a que la anterior propietaria alquilaba la vivienda sin contrato ni constancia legal, de tal manera que tres tandas de estudiantes, un agente de seguros y una joven pareja la habitaron en distintas etapas a lo largo de los últimos diez años. Todos ellos son posibles sospechosos, sólo uno será identificado como la víctima."

ENLACES A RESEÑAS DE ESTA NOVELA:

http://alqs2d.blogspot.com.es/2015/06/ama-de-casa-sale-de-compras-de-9-12-am.html

http://alwaysinourownworld.blogspot.com.es/2015/06/ama-de-casa-sale-de-compras-de-9-12-am.html

http://narayani-eraseunavez.blogspot.com.es/2015/08/ama-de-casa-sale-de-compras-de-9-12-am.html

http://www.librosquevoyleyendo.com/2015/08/ama-de-casa-sale-de-compras-de-9-12-am.html


"Y el sábado a las ocho, puntual como un tren de alta velocidad, llegó a la puerta del bar “Riquete” a lomos de aquel cochazo, vestido de sport y envuelto en aromas que por aquel entonces yo consideraba prohibitivos para el común de los mortales. Yo esperaba en la puerta, de pie, luciendo mis mejores galas: vestido gris ceñido al talle, taconazos de doce centímetros, bolsito plateado y melena suelta. Aguardaba su llegada aferrada a mi bolso como si me fuera la vida en ello. Y él llego puntual, ni antes ni después. Reconocí el coche, lo vi doblar la esquina, acercarse lentamente, parar a mi lado… Él se apeó, me miró de arriba abajo calibrando la mercancía una vez más, me tomó de la cintura, me condujo hasta el coche, abrió la puerta, esperó hasta que me hube acomodado y luego la cerró. Aquel coche, amplio, lujoso, con asientos de cuero, su compañía, el trato recibido y el restaurante donde tuvo lugar la cena, consiguieron que me sintiera princesa de un cuento muy particular: el mío.
La cena, a base de arroz con bogavante, que él pidió y me sugirió pidiera yo también, transcurrió en un ambiente íntimo, de música relajante, luces que coqueteaban con los contornos invitando a dejarse llevar en aquel entorno de seducción, vinos de aroma afrutado que elevaban el espíritu muy por encima del plano terrenal; conversaciones a media voz, intranscendentes en apariencia, pero que velaban intenciones decisivas. Miradas que iban y venían, cargadas con toneladas de deseo que llevaban de aquí para depositarlo allí. Susurros, sonrisas, manos que se encontraban por encima del mantel, piernas que se rozaban por debajo …
De la habitación de hotel que nos recibió después tan sólo recuerdo una lámpara de noche en colores anaranjados, un baño de mármol en tonos arena y una primera vez que recibí con nervios, indecisión, ojos cerrados y un temblor que me erizaba la piel en medio de aquella ola de pasión sobre la que él se movía como el mejor de los surfistas. Con la ayuda de aquella luz naranja, él fijaba la mirada en el objetivo al que seguidamente dirigiría sus labios. A lo largo de horas que se prolongaron hasta el mediodía del domingo procuró que ni un solo centímetro de mi blanca piel se sintiera menospreciado. Y yo me preguntaba cómo había vivido en el mundo hasta entonces sin conocer aquello, cómo no me había muerto de soledad y aborrecimiento, cómo había conseguido sobrellevar mis solitarias noches durante más de veinte años…
A partir de ese día, las citas se convirtieron en diarias. Paseos por lugares apartados de la civilización, tiernos besos, constantes arrumacos y largas noches de pasión pasaron a formar parte de nuestro día a día. A cualquier hora, con cualquier pretexto, él aparecía por la tintorería, e ignorando la socarrona mirada de doña Adelaida, me agarraba de la cintura para asestarme besos que se prolongaban hasta rayar la indecencia, o inflamarme con ágiles manos que conseguían colarse por debajo de mi bata blanca hasta alcanzar mi ombligo o mis pezones.
Los mensajes seguían llegando, al despertar, al acostarme, durante el día, ardientes como lava de volcán. Él a sus treinta y seis, y yo a mis veintiuno, nos habíamos enamorado como dos colegiales. Yo estaba libre, él atado a un matrimonio que se iba a pique pero dispuesto a saltar por la borda para agarrarse a ese madero de salvación que era yo. Vivíamos aprisa, a golpe de reloj para ganar minutos al tiempo que nos permitieran prologan nuestros encuentros, cada vez más íntimos, cada vez más reservados, alejados ya de locales públicos, reducidos a las paredes que enmarcaban la vivienda que él tenía en alquiler a pocos metros de la tintorería Blanco. De nuestro amor eran testigos doña Adelaida y Dios, nadie más."
Párrafo de la novela "Ama de casa sale de compras de 9 a 12 a.m."